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En la actualidad, las interacciones de los clientes con sus compañías de suministro están centradas básicamente en la transacción. Las Utilities utilizan canales estándar para conectar con el cliente como el email o el teléfono y algunos digitales como la web o aplicaciones de mensajería instantánea, pero estas interacciones se producen principalmente cuando se quiere vender un nuevo servicio o solucionar algún problema con lo contratado. A pesar de que poseen una gran cantidad de información sobre sus clientes, hacen un uso muy limitado de los misma, por lo que los consumidores apenan saben dónde y cómo gastan energía.

Es cierto que, gracias a los contadores inteligentes y a la Inteligencia Artificial (IA), los usuarios tienen un mayor conocimiento del consumo que hacen y les permite ser más exhaustivo a la hora de facturar la energía utilizada. Pero esto es solo la punta del iceberg de la transición energética hacia la que caminamos.

Se estima que, en menos de una década, todo nuestro hogar funcione con electricidad, incluido el coche. En la medida en que todo dentro de nuestro hogar, desde la seguridad hasta los appliances smart, consuma electricidad, la fiabilidad y el conocimiento del consumo se convertirán en algo esencial. Pero no hace falta irnos a 2030. El confinamiento que ha vivido la mitad de la población mundial a raíz del COVID-19 ha puesto en evidencia la necesidad de la energía en el mundo desarrollado. Imagine por un momento estos dos meses de aislamiento sin poder comer caliente o sin Netflix. Los proveedores de energía han hecho un tremendo esfuerzo para dar respuesta al pico en la demanda y hacer que todo funcione con el objetivo de hacer el confinamiento más llevadero. Ahora bien, los efectos de este encierro en el planeta harán que la conciencia medioambiental global previa a la crisis crezca y que el consumidor de la era post COVID-19 sea más exigente con la forma en que la energía se produce, se gestiona, se distribuye e incluso, se consume.

Un nuevo escenario basado en energía renovable

Según un informe de la agencia Internacional de Energía Renovable (International Renewable Energy Agency sus siglas en inglés, IRENA), las energías renovables son la clave para la transición a un mundo más limpio. De hecho, el organismo anticipa que éstas podrían reducir en un 75% las emisiones de efecto invernadero del sector energético antes de 2050.

Pero el cambio no sólo vendrá de una energía más sostenible sino también del consumidor que, asumirá también el papel de productor y proveedor de energía. Si bien el término de prosumidor deja de tener sentido en otras áreas, en el sector de la energía es ahora cuando se convierte en una realidad. Los prosumidores podrán vivir fuera de ‘red tradicional’ y comercializar el excedente de energía, transformando el anterior circuito de una sola dirección en uno de doble dirección y, posteriormente, en uno multidireccional en el que el consumidor produzca, almacene y comparta energía con su entorno.
El sistema actual de recursos cerrados, lineales y escasos será reemplazado por energías renovables descentralizadas, lo que desembocará en la democratización en el acceso a la tecnología.
Estamos en un camino sin retorno, que demanda cambios complejos y costosos en la infraestructura actual del sector de la energía. Nos movemos hacia un mundo, en el que una sociedad cada vez más dependiente de la electricidad también contempla otras fuentes de energía como el hidrógeno, y en que la tecnología jugará un papel esencial en esta transformación junto con una mentalidad distinta de los gobernantes y de los ciudadanos. El cambio estará impulsado por la necesidad existencial de dar respuesta qué supondrá el futuro de la energía para el planeta y para la sociedad.


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